Opinión

La democracia se construye, se defiende, y se renueva en cada generación

La democracia, una conquista colectiva | 50a aniversario de la muerte de Franco


Hace ahora 50 años de la muerte del dictador Francisco Franco, un hecho que nos recuerda que los regímenes autoritarios no desaparecen por simple decadencia ni ceden poder por voluntad propia.

Lo que hoy llamamos democracia es fruto de décadas de presión en silencio, organización colectiva y resistencia clandestina.

Desde los años sesenta, las grietas en la dictadura se iban abriendo desde las fábricas, en los barrios más olvidados, en las parroquias más a pie de calle, en la valentía de tantos maestros, en las universidades o en los rincones de allá donde se podía hablar con libertad, lejos de la vigilancia y la represión.

Y en este legado colectivo encontramos también al joven Pasqual Maragall, que empezó a comprometerse con la lucha antifranquista cuando aún era un adolescente de 17 años.


Su recorrido de aquellos años —recogido con detalle en la Cronología del Archivo digital Pasqual Maragall— muestra a un joven que se adentra de lleno en un país que empieza a despertar. En la Universidad de Barcelona, se vincula a un movimiento estudiantil cada vez más activo y más consciente de la necesidad de resquebrajar el ahogo del régimen. Participa en la evolución de la NEU (Nueva Izquierda Universitaria), que se convierte en un espacio de debate y organización política con voluntad de transformación real, y se implica también en el FOC (Frente Obrero de Cataluña) federado con el FLP (Frente de Liberación Popular) el conocido “Felipe”. Lo hace de la mano de Jose Ignacio Urenda y junto a otros jóvenes universitarios y obreros, con quien después colaboró a lo largo de su vida, como Daniel Cando, Josep Maria Vegara, Narcís Serra o el mismo Ernest Maragall.

Son años de agitación política y el antifranquismo se va estructurando en partidos y movimientos que se organizan y desaparecen. Después de la disolución del FOC, en 1974 Maragall participa en la creación de CSC (Convergencia Socialista de Cataluña) que más adelante participará en el Congreso de unidad donde se crea el PSC (Partido Socialista de Cataluña).

Con las primeras elecciones democráticas a los ayuntamientos, en 1979, da el paso hacia las instituciones con una idea clara: la democracia debe volverse tangible, especialmente en las ciudades, que son el primer terreno donde la vida cotidiana cambia.

Desde aquí arranca otro trayecto, el de la Barcelona democrática, moderna y abierta que Maragall contribuiría a construir como concejal y posteriormente como alcalde. Pero aquel proyecto de ciudad no se entiende sin los años previos: los años de clandestinidad, de lecturas compartidas, de complicidades, de audacia, que forjaron su manera de entender la política como un servicio público riguroso y a la vez profundamente humano.

Conmemorar los 50 años del final de la dictadura no es mirar atrás con nostalgia, sino reconocer la fuerza colectiva que hizo posible el cambio. Una fuerza hecha de miles de historias, anónimas y conocidas, entre las cuales la de Pasqual Maragall es solo una más.

Hoy recordamos la muerte de un dictador con la convicción de que la democracia no es un escenario fijo, sino que se construye, se defiende y se renueva en cada generación fruto de la voluntad colectiva.